Ni viva, ni muerta, sino todo lo contrario...

Ni viva, ni muerta, sino todo lo contrario...
Jack Vettriano

Jack Vettriano

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Culebrón de verano

J.V.

Ella jamás imaginó protagonizar, en tercera persona, tan rocambolesco romance de la otra.
En lo mejor de la madurez llevada con garbo, más genético que fruto de potingues y extenuantes ejercicios, creía con patética ingenuidad, que el elegante atractivo que aún reflejaba el espejo, era lo suficientemente perdurable como para seguir encandilando a su esposo.

Este, circunspecto, formal, católico a machamartillo, nunca fue proclive a devaneo alguno.
Así que ella, cimbreante en sus cincuentaytantos, espigada y tersa, vivía ajena a ninguna amenaza de tormenta, un matrimonio, sino feliz, rutinario y plácido.

La presunta piedad que él exhibía, con ribetes de beato provicinciano, era una garantía de su integridad moral.
Un incólume certificado de buena conducta sin tacha.

Hasta que apareció la chiquilla treintañera, voluptuosa en sus wasaps, tras los que se adivinaba la sensual cadencia de su acento caribeño.
Y los emoticonos de caras gordinflonas como querubines cibernéticos y besitos en la comisura de la boca. Y las cenitas a las que le convocaba como alumna aplicada a su venerado maestro.

Al aflorar casualmente el affaire, ella montó en cólera más por humillación, que por dignidad ofendida u honestidad decepcionada.
Tachó a la discípula de golfa y horrorizada, soportó la defensa a capa y espada que su marido hizo de la niñata.
Él estaba, pues, encoñado con aquella descocada que, mimosa, le decía te quiero y lo coronaba rey de sus afectos.

Ella luchó, hizo acopio de serenidad y valor, pero la guerra fue corta, un blitzkrieg con bombas de profundidad que la ahogaron en un mar de lágrimas.
La zorra, trepa y puta y él inmaduro, lelo y golfo, aliados contra ella que, sin fuerzas, se metió en la cama a sudar su depresión como si de una gripe invernal se tratara, entre empapadas sábanas por el sofocante bochorno del estío.

Y ahí sigue.
Con las órbitas hundidas y la mirada perdida en la incredulidad.
Quiere morirse y de seguir así, inapetente, insomne, impotente, a lo mejor, a lo peor, lo consigue.

Será otra víctima más de esos hombres en el umbral de la vejez, reencarnado en adolescente pichafloja y una joven que apunta maneras de golfa calientapollas.

Qué desastre, Señor. Ay, pobrecita mía...

lunes, 27 de junio de 2016

El amante inesperado


J.V 

Ella nunca se mostró celosa. Por el contrario, a lo largo de su matrimonio, personificó a una mujer siempre confiada en quien creía un hombre íntegro.
Escuchaba, condescendiente, algunos relatos humillantes que narraban, llorosas, ciertas amigas y una ingenua sensación de superioridad la embargaba, persuadida de no encontrarse jamás, embaucada por tamaña vileza.
A ella, eso, no podía pasarle. Cierto que su esposo era frío, muy poco proclive, desde su evanescente noviazgo, difuminado por las brumas del tiempo, a expansiones de ternura, tampoco apasionado en exceso, ni en la intimidad más secreta y discreta, que habría de quedar únicamente en la memoria privada de ambos.

Tan circunspecto, gran rezador a semejanza del Don Guido de Machado, en absoluto dio pie a la menor duda sobre su rocosa honestidad.

Por eso, ella, al leer aquellos wasaps encendidos, ajenos te quiero que inflamaban la pantalla del móvil, sintió un navajazo mortal en la yugular que la desangró en segundos, desparramando a borbotones su patética seguridad.
Todo se manchó de púrpura: la vista nublada, el corazón detenido, los huesos quebrados con el súbito dolor de la fractura, que provocó aquella felonía.
Durante las noches de vigilia que siguieron al colapso, se reconfortaba pergeñando sofisticadas venganzas, consciente de carecer del coraje para culminarlas, urdió planes fantasmagóricos, derramó lágrimas negras de odio y rabia.

Finalmente, investigó obsesiva la identidad de su rival.
Revolvió, temblorosa pero firmemente decidida, cartas y documentos, agendas y dietarios, hasta encontrar las pruebas que buscaba.

En esta ocasión, la consternación fue tan gélida que tiñó sus labios del azul de la cianosis.
Su descubrimiento estuvo a punto de asfixiarla.


Él tenía un amante, escribía su nombre una y mil veces, con caligrafía de escolar encandilado.
Pero el oscuro objeto de su deseo no resultó ser la colega que ella había creído, mentirosa, hipócrita y falsaria.
No, la sospechosa de tantas perfidias, también se evidenció víctima de aquel engaño cruel.
Las dos estaban burladas.
El amante del marido de una, era el marido de la otra.

Ella rememoró entonces, el hielo de sus besos, las caricias displicentes, los abrazos desganados y torpes, las manos desmayadas al contacto de su piel y comprendió.
Comprendió entretanto se juró negarle, mientras respirara, un ápice de perdón. 

sábado, 18 de junio de 2016

Un instante de imposible romance

J.V.
Nos conocemos desde mi infancia porque fue un buen amigo de mis padres, pero nuestro trato se intensificó cuando él a quién, tonta de mí, desdeñosa, consideraba un cuarentón en puertas de la decrepitud, un vejestorio que podía ser mi padre, mientras que yo, ufana y bobalicona, estrenaba el flamante papel de madre primeriza, cargando cual parte de mi integridad física, la bolsa azul celeste, cuajada de una constelación de níveas estrellitas que comenzaban a amarillear por la lejía de los innúmeros lavados, esa bolsa aborrecible repleta de pañales y biberones y toallitas húmedas y baberos pringosos, que todavía me pesa. 
Era, entonces, una atractiva jovencita vestida de repollo en los gloriosos años 80 del pasado siglo. Que se dice pronto.

Él, segun feliz, describe el bolero, lucía la estampa gallarda y decadente de "un señor, como no hay nada mejor, de los que conocieron mis abuelos".
Culto, educado y caballeroso.

Me enseñó algo de su sabiduría, muy poquito porque mi cerebro estaba obnubilado por las noches insomnes de una maternidad reincidente, me leyó sus poemas y me regaló, dedicados con cariño de mentor, cada uno de sus libros, pulidos, ortodoxos, conmovedores, cuando parecían escritos desde el palpitante corazón de un muchacho enamorado.

Luego, la vida, de infantil crueldad inconsciente, que juega con esas cabriolas del tiempo y el espacio, dividió nuestros caminos.
Mi existencia prosiguió mucho más azarosa que la suya, que discurrió en la tediosa seguridad de una inmutable rutina que le ha conservado, sin cambios sobrecogedores hasta nuestros días.
Le encontré, le reencontré, hace muy poco y conversamos de cicatrices que siguen doliendo cuando llueve, pero también de trivialidades más risueñas.

Al despedirnos, yo algo quejumbrosa, que es una deleznable costumbre adquirida últimamente, él, siempre tan galante como ciego, sordo y mudo, por fortuna, me piropeó con exquisita cortesía decimonónica Hija, tú estarás guapa hasta amortajada...
Como por ensalmo, se me olvidaron mis tropecientos años y quinientas noches, se esfumaron todos mis lances menopáusicos, mi osteoporosis galopante que ya se me ha cobrado dos fisuras de costillas y esa amargura que una, maquilla de cinismo con pinceladas de crema base sarcástica y durante un mero instante fugaz, que quizás no existió y es solo una licencia literaria, mi sonrisa volvió a tener 17 años...y quinientas noches.

jueves, 16 de junio de 2016

...hasta el fin del amor

Ahora, tras un par de siglos reflexionando, creo aceptarlo, creo quererlo, creo, incluso, esperarlo anhelante.

J.V.

Como he de morir, ya que así es, así será, que sea por tus manos o en las manos tuyas.
Que sea bailando el vals de la vida, hasta que al amortiguarse el bullicio de la música, se apaguen las luces y vengan a buscarme.
Me recogerá la muerte que es como una madre solícita, que te lleva a casa cuando se hace tarde.
Morir cautiva entre tus labios y tus brazos, entre la agonía y el gozo de los labios frescos y los fuertes brazos que me conquistaron, que me sometieron, que me aprisionaron, hecha de tu carne.
Que me condenaron a esta muerte lenta, a esta generosa muerte mía, muerte también tuya, mi vida, porque cuando muera, morirás conmigo.
Porque tú lo ignoras, pero muerte fértil, pues tampoco sabes, que fui yo quien al entregarte todo ¡tanto!, mi risa, mi pena, mi rabia y mi ternura, te alumbré. 
Mi niño y mi hombre.
Moriremos ambos y sellaremos el perdón, con un beso, el dolor relegado al olvido, el pesar, redimido.



jueves, 9 de junio de 2016

El discreto encanto de la pijería

¨The singing butler"
J.V.

Días atrás, desayuné en la terraza de un barrio elegante, con el charme del buen gusto y la opulencia, en plena zona alta de mi ciudad. 
Una mañana soleada que permitía sentir la promesa del color tostado, en la piel.
El favorecedor maquillaje natural que te acicala en verano, gracias a la caricia de la calidez.

Vecinas a la mesa en la que yo aprovechaba esos rayos cosméticos, aún tímidos en junio, pero que van cobrando seguridad en sí mismos, se sentaron un grupo de amigas.
Aunque entre la pléyade de defectos que arrostro, no se encuentra la afección al cotilleo y la murmuración, no pude menos que sentirme interesada por su conversación y su aspecto.
Lucían todas una engañosa naturalidad, casi un desaliño, de vaqueros, en los que la arruga es bella, vertiginosas sandalias de plataforma que hacen furor y bolsos de marca que, la verdad, envidié.
Sus atuendos las uniformaban cual desenfadada tropa que desprendía el aroma del desahogo pudiente.


Me cansé de la observación superficial, concentrando mi vergonzante curiosidad en el contenido del parloteo que mantenían animadamente.
Capté, con creciente disgusto, divagaciones de una fatua oquedad, llamativa entre personas de ese presunto nivel cultural, manidas frivolidades que hastiaban a los pocos minutos de escucharlas, cháchara banal.
Ni un intercambio de criterios sobre la situación social o política, ni una referencia a la preocupante actualidad en ámbitos diversos.

No digo yo que el solaz de una taza de café, sea momento adecuado para debatir sesudamente sobre Gramsci o acerca de la flamante y sospechosa socialdemocracia de Marx y Engels, pero... aquella pijería terminó por repugnarme.
Tan engreída y altanera, tan pedante y jactanciosa, tan pagada de su temeraria arrogancia.

Entonces, me vino a la memoria la anécdota que, en cierta ocasión, leí u oí, ahora no recuerdo dónde.
Una tarde del aciago verano de 1936,  ajenos al apocalipsis que amenazaba sus prerrogativas, los veraneantes apuraban sus granizados, contemplando la placidez del mar, en una localidad chic de sesteo estival.
Al amanecer del 20 de julio, muchos de ellos, yacían acribillados en la tapia del cementerio.
No es mi intención dramatizar, ni hay parangón entre ambas épocas.
Valga el paralelismo exclusivamente, para denunciar la catastrófica catarsis desencadenada al dar la espalda a la realidad, a pie de calle, que a todos nos afecta, remembranza de las consecuencias que trae la insolidaridad y el engreído egoísmo burgués. 

Porque no concibo ese encogerse de hombros ante el deber ineludible de ser responsable, cuando, además, la Historia nos alerta de que la pijería acaba siempre, a causa de su trivialidad insensible, por tropezar dos veces en la misma piedra.

miércoles, 8 de junio de 2016

"Al Cielo, por asalto"

El Cielo se toma por asalto

J.V.

Esta consigna, parafraseando el título de un libro del escritor Agustín Ramos, como un simple eslogan afortunado de campaña, fue pronunciada por boca de un político enardecido, henchido de demagogia. Me dolió hondo aquella manipulación torticera, con burda finalidad partidista, de algo a lo que, en un tiempo ya lejano, yo aspiraba con todas mis fuerzas.  
Llegada mi hora, ir al Cielo, pero para ver, frente a frente, el rostro de Cristo, la cara más amable de Dios, que Él clavara la intensidad de su mirada en mis ojos dolientes, que me recibiera como hija y como hermana.

Creía en Cristo que, roto en llanto, resucita a su mejor amigo Lázaro, para recuperar el gozo de su compañía, creía en Cristo que devuelve la vida a la niña de Jairo, porque no tolera ver sufrir a un padre amante, que perdona a las rameras y a las pecadoras, como yo, que multiplica panes y peces, para desterrar el hambre de la tierra, que camina sobre las aguas, para aumentar la fe de los que somos incrédulos.

En Cristo, a quién aquellos discípulos de Emaús, le ruegan Quédate con nosotros, porque su cercanía es la más grata y consoladora del mundo, en Cristo que promete el paraíso al Buen Ladrón, porque hace un acto de fe en el Dios clavado en la Cruz, el Dios más improbable.

En Cristo, que en Getsemaní vierte lágrimas de miedo, que son sangre viva y suplica porque, como cualquier otro hombre, teme el amargo trago del dolor Aparta de mí, este cáliz

En Cristo que redime y que salva a los que tienen hambre y sed de justicia y proclama bienaventurada a la buena gente, los limpios de corazón.

En Cristo, que devuelve la salud o la vista al ciego de Jericó porque se lo pide, se lo exige, a voces retadoras, en la convicción de que si Cristo accede, podrá contemplar, cara a cara, al mismo Dios.

Por eso, en aquel tiempo, clamaba yo también ¡Señor, que vea! con temor a perderme, como así fue, en una oscuridad sórdida donde, desgraciadamente, me instalé.

Me dolió, sí, porque en mi pequeñez tan miserable, hay una cosa muy grande que sé cierta: el Cielo no se toma por asalto, el Cielo se toma por Amor.

martes, 7 de junio de 2016

La mala madre

"Portrait in black and pearl"
J.V.
Sus manos descarnadas , profusamente tatuadas de manchas, muestran la huella de tantos años de duro trabajo, vestigios de cuando manejaban hábiles, la aguja de costura, enhebrando la blonda barata de su humilde traje de novia, a la luz, mortecina y temblona, de un candil de posguerra; delatan su edad provecta.
Aunque es muy vieja, no ha olvidado su boda allá en el pueblo. 
Recuerda la parca ceremonia, el convite, pobre, ajustándose a la austeridad racionada de aquella época de penurias.
Fue un matrimonio más rutinario que enamorado, pues la convirtió en una esposa abnegada destilando no obstante, la amargura negra y viscosa de la pez.
La frustración por un marido desdeñoso que la necesitaba solo como sostén incansable de ingratas tareas, que les permitieran medrar en aquel tiempo miserable, se mitigó con la llegada de un hijo.

Su constancia tozuda y esforzada, logró el favor de la fortuna y pudieron, con la práctica tenaz de un ahorro tan severo que rayaba la mezquindad, disfrutar de una posición social mucho más cómoda y desahogada.

Ella vertió sobre el pequeño, el caudal de un amor morboso, que no consideró necesario prodigar a su cónyuge.
Para su hijo todo era poco.

Lo crió, sin embargo, enseñándole a contenerse sentimentalmente, con una disciplina cuartelaria en los afectos.
Le quería a su manera, adusta, absorbente, ferozmente egoísta, sin demostraciones de ternura. Con una forma pervertida de darle, ora, palo, ora, zanahoria. 
Para que aprendiera - pontificaba ufana - la aspereza de la vida, que a ella tanto la había incentivado.
Le procuró, eso sí, estudios universitarios, una Carrera de primera y lo mantuvo aferrado a sus faldas, hasta la treintena.

Él estaba siempre a su servicio, presto a pagarle sus desvelos que ella se afanaba en mantener bien presentes... Hijo, ¡cuánto he hecho por ti!, hijo, ¡cómo me he sacrificado por tu culpa!

Pero, bajó la guardia y una injusta tragedia inesperada, cayó sobre su cabeza.
En un descuido, se encontró con la presencia sorpresiva de una nuera que avivó en ella, un odio reconcentrado y aderezado por el rencor más imperecedero.
Desplegó, entonces, una estrategia defensiva de guerrillas que a aquella jovencita, dejó inerme e indefensa.
Recuperó a su hijo con todas las argucias y estratagemas a su alcance: se fingió enferma intempestivamente, lloraba, chantajeaba, amenazaba...

Y su hijo, se arrodilló, al fin, de nuevo, sumiso ante ella, arrepentido de su traición, corroído por la mala conciencia que la mala madre supo sembrar en forma de cizaña emocional.

Ahora, nonagenaria irredenta, yace en cama y con sonrisa siniestra, cavila que no tiene la menor intención de morirse.
Al menos, no antes de que, exhausta, humillada, derrotada en su lucha por convivir con aquel niño grande de mamá, la que fallezca primero, sea su nuera.