| J.V. |
Ella jamás imaginó protagonizar, en tercera persona, tan rocambolesco romance de la otra.
En lo mejor de la madurez llevada con garbo, más genético que fruto de potingues y extenuantes ejercicios, creía con patética ingenuidad, que el elegante atractivo que aún reflejaba el espejo, era lo suficientemente perdurable como para seguir encandilando a su esposo.
Este, circunspecto, formal, católico a machamartillo, nunca fue proclive a devaneo alguno.
Así que ella, cimbreante en sus cincuentaytantos, espigada y tersa, vivía ajena a ninguna amenaza de tormenta, un matrimonio, sino feliz, rutinario y plácido.
La presunta piedad que él exhibía, con ribetes de beato provicinciano, era una garantía de su integridad moral.
Un incólume certificado de buena conducta sin tacha.
Hasta que apareció la chiquilla treintañera, voluptuosa en sus wasaps, tras los que se adivinaba la sensual cadencia de su acento caribeño.
Y los emoticonos de caras gordinflonas como querubines cibernéticos y besitos en la comisura de la boca. Y las cenitas a las que le convocaba como alumna aplicada a su venerado maestro.
Al aflorar casualmente el affaire, ella montó en cólera más por humillación, que por dignidad ofendida u honestidad decepcionada.
Tachó a la discípula de golfa y horrorizada, soportó la defensa a capa y espada que su marido hizo de la niñata.
Él estaba, pues, encoñado con aquella descocada que, mimosa, le decía te quiero y lo coronaba rey de sus afectos.
Ella luchó, hizo acopio de serenidad y valor, pero la guerra fue corta, un blitzkrieg con bombas de profundidad que la ahogaron en un mar de lágrimas.
La zorra, trepa y puta y él inmaduro, lelo y golfo, aliados contra ella que, sin fuerzas, se metió en la cama a sudar su depresión como si de una gripe invernal se tratara, entre empapadas sábanas por el sofocante bochorno del estío.
Y ahí sigue.
Con las órbitas hundidas y la mirada perdida en la incredulidad.
Quiere morirse y de seguir así, inapetente, insomne, impotente, a lo mejor, a lo peor, lo consigue.
Será otra víctima más de esos hombres en el umbral de la vejez, reencarnado en adolescente pichafloja y una joven que apunta maneras de golfa calientapollas.
Qué desastre, Señor. Ay, pobrecita mía...





