Ni viva, ni muerta, sino todo lo contrario...

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Jack Vettriano

Jack Vettriano

viernes, 3 de junio de 2016

Morir para ser inmortal

El 1 de junio, Marilyn Monroe, habría cumplido 90 años.


Tendríamos entre nosotros a una anciana señora, decrépita, incontinente y a causa de una precaria prótesis de cadera, aspirando al dudoso honor de ocupar el trono de una silla de ruedas.
Con una piadosa aunque improbable indulgencia, hubiera salido airosa de la vejez, universalmente  devastadora, preservando un mero vestigio en la mirada, de sexualidad oblicua, apenas perceptible tras las gruesas gafas de rigor.

La dentadura postiza, distorsionaría su rutilante sonrisa, en una mueca rígida, muy lejos de aquellos labios carnosos que soñaron rozar los elegidos.
¡Tantos fueron los llamados... poquísimos, los elegidos!

Las dos gotas de Chanel número 5, único adminículo que utilizaba para dormir entre sábanas de satén, a modo del más etéreo y vaporoso camisón, habría sido sustituido por una informe y sufrida bata de franela, en aras de un socorrido exorcismo, para ahuyentar la ronda del letal fantasma de la neumonía.

No quedaría de Marilyn, el resplandor de su aura dorada, su brillo de piel de terciopelo como el melocotón, su estela de erotismo entre la llamada de la selva ancestral y el glamour de la jungla del asfalto hollywoodense.

El encanto de su voz esculpida en la sensualidad, a base de sorbos de Dom Perignon, sonaría tenue e inaudible y sus mejores amigos, los diamantes, le habrían vuelto la espalda, abandonados en el Monte de Piedad, para sufragarse los gastos de una residencia geriátrica, discreta y medianamente decente.

Quizás, la implacable demencia senil hubiera difuminado hasta la nada, pulverizando lo mejor de la memoria, su frenética pasión correspondida por DiMaggio u olvidando también, a aquel pigmalión que la destruyó con su insultante superioridad erudita, que fue Arthur Miller.

Marilyn, afortunadamente, murió joven. 
Y como escasos privilegiados, gracias a la muerte, es eternamente su propio recuerdo deslumbrante.

La seducción del estallido de su risa, los pómulos tersos y el pelo platino, sugerente marco para lo voluptuoso de su rostro y de su cuerpo, son inmutables.
Su belleza es secular y nada podrá mancillarla o menguarla, un ápice.

Solo la mujer murió, porque Marilyn, el mito, la estrella, sus torneadas piernas contoneándose, insinuantes, a través de la alfombra roja, entró por la puerta grande al firmamento de la inmortalidad.