Ella se levanta pasadas las once de la mañana. Ha entreabierto un ojo legañoso, latiendo en sus sienes el palpitante dolor, ya familiar, de la resaca.
Anoche, se tomó un somnífero tan potente que pasará bajo sus efectos 24 horas, durante las cuales deambula, mareada, confusa, flotando sobre la ignominia de su realidad, en una nebulosa paliativa.
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| J.V. |
Al mirarse en el espejo del baño, los párpados hinchados del llanto de la víspera, las bolsas que dan fe de tantos años de mentiras, contrastan con la reminiscencia de aquella muchacha crédula e ingenua.
Aún lleva puesto un camisón pueril, color de rosa, sembrado de flores diminutas.
Pero es una mujer a quien la edad ha ido declinando aquel hechizo lozano, el oscuro fulgor en la tonalidad de la mirada, la figura juncal que acusa su fatal compulsión hacia el chocolate.
Aunque por él, por retenerlo a su lado, se cuida con ahínco, se aplica carísimas cremas, bálsamos estériles de Fierabrás, corre, como alma que lleva el diablo, kilómetros de asfalto, en una huída hacia adelante para salvaguardar la armonía de sus curvas.
Porque ella le quiere con una irracional intensidad enfermiza, que la induce a pasar por alto viejas e inicuas conocidas: sus mentiras, sus infidelidades, embrollos mezquinos que ella finge no ver, no oir, no oler la pestilencia más rastrera, que es la deslealtad.
La maltrata con ahínco en un perverso juego.
Como en todo juego de azar, la banca - él - siempre gana.
Ella ha perdido sobre el tapete verde de su abyecta ruleta vital, la dignidad, la autoestima y el tiempo, lo más valioso.
Más de treinta años en los que él ha sido socialmente laureado, mientras ella pagaba el precio de aquellos éxitos, empequeñeciéndose, cada día más sola, más olvidada, más ignorada.
Más engañada y sin embargo, más lúcida acerca de los ruines motivos por los que él la escogió -tras un frío y depravado casting - para casarse.
La posición de su familia, sus relaciones, su tierna juventud manipulable, su belleza que podía lucirse como un trofeo de caza.
Ella no ha contado jamás a nadie esas cuitas conyugales.
Teme que ni amigas, ni familiares, puedan liberarla de un carcelero que goza del beneplácito unánime de un entorno bobalicón y frívolo que la condenaría al ostracismo, aunque su inapelable sentencia de muerte, previa perpetua reclusión doméstica, la ha dictado ella misma.
Mantener el delirio de quererle, esperando, contra toda esperanza, una caricia espontánea, prolongar sine die la agonía o reflexionar, absorta, sobre esas pildoras somníferas tan potentes, que la dormirían para soñar eternamente.
