Llevaba yo, años ha, una trepidante vida social y profesional. Perejil de todas las salsas, novia en la boda y difunta en los entierros, me iluminaba la luz efímera del foco de la popularidad que se apaga por causas varias. La enfermedad, la más temible, fue mi caso.
Víctima del hastío de las amigas que traicionan, las relaciones que se enraizan en el interés y la frivolidad del ocio que pervierte el lazo del afecto, la cloaca de la murmuración, el fantasma de la calumnia, en definitiva, el descubrimiento de que el querer es frágil y embustero, veleidedoso, traicionero.
Busqué refugio en mi misma pero encontré entonces, una mujer enigmática que desconocía, contradictoria que me desorientaba y no me gusté.
Concluí que si yo, en mi mismidad, me rechazaba...¿como iba mi entorno a aceptarme de buen grado?
Justifiqué pues, el repudio de quienes creí mi gente y me castigué merecidamente a cien años de soledad en mi Macondo doméstico.
Sin realismo mágico.
Solo con soledad como penitencia, entre cuatro paredes de la cotidiana celda de mi hogar, impuesta.
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| J. V. |
Y durante este tiempo de condena, la vida ha sido llevadera.
Hasta que ahora, me pesa como losa el aislamiento. Sin fuerzas para emprender la huida y salir a gritar libertad por las calles amenazantes de gentes y bullicios, lanzo desde aquí, mi mensaje de náufrago, en una botella virtual al cibermar, al ciberespacio.
Ignoro si este clamor de computadora será escuchado. O no.
O la pena de agorafobia no es revisable y es perpetua.
En ese caso, me conformo, pero no me callo.
Que el teclado plasme el testimonio de mi agorafobia voluntaria, aunque a ratos, a regañadientes, a contrapelo.
Otros, soy feliz en mi encierro.
Eremita urbana, Yo soy yo y mi circunstancia.
En el fondo, como todos. Pero sin disimulo de cháchara, de besuqueos, de infames cotilleos.
Auténtica en la extravagancia de hacer huelga de deberes y obligaciones que tributar a la sociedad.
Egoísta, quizá.
Reitero, como todos, pero, para bien o para mal, a mi manera.
