Ni viva, ni muerta, sino todo lo contrario...

Ni viva, ni muerta, sino todo lo contrario...
Jack Vettriano

Jack Vettriano

viernes, 20 de mayo de 2016

Catetos contemporáneos

De un tiempo a esta parte, se han puesto muy en boga una ristra de palabros absurdos, estrambóticos, pedantes, que atentan contra la pureza del idioma y la emprenden a patadas con el diccionario.

La culpa de su popularidad la tienen, fundamentalmente, ¡cómo no!, los políticos, porque abrigo con una creciente suspicacia, la convicción de que ellos son el origen de tantos males que nos afligen.

Postureo, gesticulación, hoja de ruta, líneas rojas, equidistancia...
Con voz campanuda y gesto adusto, la nariz arrugada como si sus votantes fuéramos chusma maloliente, se dirigen a nosotros, pobres mortales, con condescendencia insultante, desde sus púlpitos televisivos, parloteando ese lenguaje de nuevo cuño, paupérrimo, plagado de términos grandilocuentes pero hueros, que son un ataque en toda regla a la riqueza del español, pues distorsiona una belleza milenaria, que engrandece al aldeano que puede ser un orador preciosista, porque respeta el purismo que avala la tradición y denigra al ricacho o al intelectualoide, que innova torpemente, con ínfulas progresistas.
J.V.
Un idioma, el nuestro, que se habla en más de la mitad del planeta, por gentes variopintas que le imprimen una cadencia, un ritmo, un silabeo, un acento peculiar, para componer una partitura de música maravillosa por diversa, armonizada con la riqueza compartida de la letra común.

Ensalzaba Rubén Darío: A la América hispana, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español...
Parece que el poeta presiente en su uso del circunstancial, la posibilidad aterradora de que el patrimonio que heredamos, de generación en generación, se pierda, se despilfarre por administrarlo con frívola e irreverente irresponsabilidad, que es lo que está ocurriendo.
Dilapidar aquel legado inmerecido, del que disponemos por generosa gratuidad ancestral, es una estulticia que la Historia nos demandará.
Con toda la razón. Somos culpables, por acción y por omisión. 
Entre los apócopes comodones del guasapeo, el espanglish pijotero y el repelente politiqués, vamos degenerando en un analfabetismo, cuanto más pretencioso, más cateto.

Empobrecer el vínculo fraterno, el lazo que une a millones de ciudadanos del mundo, denigrar el vehículo que propicia el hermanamiento, por obra y gracia del sortilegio de que, al hablar el mismo idioma, damos un paso gigantesco en el arduo camino de entendernos, tipifica un crimen de lesa humanidad.

Para culminar el escarnio, aquellos que con mayor saña, agreden a la palabra en toda su grandeza, alardeando de aires de superioridad, luego apelarán a la murga del diálogo.

¡Indignante paradoja!