Como la mayoría de chiquillas de mi generación, fui educada en un catolicismo que pasó, por mor de furiosos vendavales de cambio político, de gazmoño a bolivariano.
Las monjitas de foscos hábitos y albas tocas, se disfrazaron, de la noche a la mañana, de progres con vaqueros de campana y holgadas camisas a cuadros.
Castigaron al catecismo de cara a la pared y esa fe, formalista, carrinclona, pero firme, fue arrollada por el relativismo y la ambigüedad, agazapada en términos vaporosos como la paz, la solidaridad, la fraternidad...
Conceptos que abrazaría el mísmisimo Robespierre.
Servidora, pues, fue de niña, una miniatura encorsetada por las rigideces nacionalcatólicas, de adolescente, piadosa acólita de la tropa del Che y más adelante, ecléctica devota de ambas corrientes doctrinales, alternativamente.
Servidora, pues, fue de niña, una miniatura encorsetada por las rigideces nacionalcatólicas, de adolescente, piadosa acólita de la tropa del Che y más adelante, ecléctica devota de ambas corrientes doctrinales, alternativamente.
A todo esto, Dios se difuminaba en su esencia. La figura de Cristo oscilaba: ora un guerrillero, ora Hijo encarnado del Padre eterno.
Caos en mi alma. Desconcierto en mi vida.
| J.V. |
Entre los modernos discípulos, una amalgama variopinta.
Personas cuyo ejemplo era maravilloso y aleccionador. Otros, que comulgaban con el alma infectada de ronchas de falta de caridad y coherencia.
Valga este preámbulo, para explicar mi peligrosa deriva hacia el escepticismo.
En la actualidad, creo muy poco en nada.
Con las excepciones de rigor, la gente me escama, los políticos me asquean, los sacerdotes me admiran, a veces, mientras que otras, me escandalizan.
Siempre me ha ocurrido que una fuerza imperiosa y huracanada, me ha ido empujando, en muchas ocasiones, ¡demasiadas!, al borde del abismo, para cuando amenazaba con despeñarme vertiginosamente, recogerme en brazos de un viento salvífico, rescatándome indemne.
Me sucedió asi, cuando una mañana infausta, me levanté y tras años de escribir con compulsión apasionada, mejor o peor, pero con un reguero pasmoso de palabras, descubrí, horrorizada, que había perdido esa facultad innata.
Era incapaz de redactar una carta, una nota, ¡la lista de la compra!
Nada.
Una dulce neuróloga cubana, me informó, con caribeña pero implacable cadencia, de que en mi cerebro, aparecía una lesión indefinible, quizá un signo de hipoxia, de algún daño en el córtex o de un negro presagio degenerativo...
¡Albricias! De nuevo, al filo del precipicio.
Me entristecí, me enfurecí y finalmente, me resigné a un destino agráfico.
Al papel en blanco en que se había convertido mi existencia, antaño pletórica de letras.
Pasaros largos meses.
No acudí a Dios. ¿Para qué molestarlo con mis conspiranoicas neuronas sublevadas contra mí?
Confieso también, que mi fe estaba tan debilitada, casi extinta, que creía que ya no creía en Dios.
Pero, ahora y también de un día para otro, ¡heme aquí!
No he recurrido a la Ciencia, que se rindió impotente, ni a la Divinidad, contra quien blasfemaba enfadada.
¿Qué ha sucedido, entonces?
No lo sé.
Aunque entre el mero capricho del azar y el absurdo de un Dios que escribe derecho con renglones torcidos, me quedo con este último.
Aunque entre el mero capricho del azar y el absurdo de un Dios que escribe derecho con renglones torcidos, me quedo con este último.
Sin dudarlo.