Casi al alba, ella trajina de puntillas para no despertarle.
Un monstruo insomne la acecha cada noche. Trata de huir de su acoso empecinado que la agota, refugiándose en la luz de la ventana donde hilvana ideas deshilachadas.
Las horas se convierten en eternas amenazas de infinita duración.
Todo parece oscuro, el pasado nostálgico, el futuro enigmático, el árido presente, sin descanso reparador, inabordable.
Y él duerme, respirando con pausa tranquila de conciencia diáfana, como un niño confiado.
Ella le envidia y a la par, generosa paradoja, se felicita de la paz de su sueño.
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| J.V. |
La tortura el presagio del agotamiento y por tanto, de su íntimo heroísmo para derrotar el cansancio que sentirá al día siguiente.
Cuando la arena de la noche en vela, lagrimee en sus ojos y tenga que enfrentarse a tantos quehaceres cotidianos que se alzarán retadores cual cimas inexpugnables.
Confidencias de las que todos la harán partícipe, persuadidos de obtener esa ayuda que presta siempre, si puede o aunque no pueda.
Cada amanecer un algo más ajada, con la fatiga maquillada en la piel y la sonrisa.
Escuchará problemas de minucias enormes para quien las padece, pesadumbres que son veleidades adolescentes.
Le hablarán de amores y dolores, más imaginarios que auténticos merecedores de angustia viva y levantisca.
Negará sus tristezas para que los demás la crean alegre, para que su alegría quimérica, los alegre a ellos.
Procurará la armonía y la serenidad, mientras su ínfimo pero abrasador infierno interior, la vaya consumiendo.
Pagará gustosa la factura de la felicidad, tan onerosa, porque lo que da, es a ella misma.
