Ni viva, ni muerta, sino todo lo contrario...

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Jack Vettriano

Jack Vettriano

jueves, 9 de junio de 2016

El discreto encanto de la pijería

¨The singing butler"
J.V.

Días atrás, desayuné en la terraza de un barrio elegante, con el charme del buen gusto y la opulencia, en plena zona alta de mi ciudad. 
Una mañana soleada que permitía sentir la promesa del color tostado, en la piel.
El favorecedor maquillaje natural que te acicala en verano, gracias a la caricia de la calidez.

Vecinas a la mesa en la que yo aprovechaba esos rayos cosméticos, aún tímidos en junio, pero que van cobrando seguridad en sí mismos, se sentaron un grupo de amigas.
Aunque entre la pléyade de defectos que arrostro, no se encuentra la afección al cotilleo y la murmuración, no pude menos que sentirme interesada por su conversación y su aspecto.
Lucían todas una engañosa naturalidad, casi un desaliño, de vaqueros, en los que la arruga es bella, vertiginosas sandalias de plataforma que hacen furor y bolsos de marca que, la verdad, envidié.
Sus atuendos las uniformaban cual desenfadada tropa que desprendía el aroma del desahogo pudiente.


Me cansé de la observación superficial, concentrando mi vergonzante curiosidad en el contenido del parloteo que mantenían animadamente.
Capté, con creciente disgusto, divagaciones de una fatua oquedad, llamativa entre personas de ese presunto nivel cultural, manidas frivolidades que hastiaban a los pocos minutos de escucharlas, cháchara banal.
Ni un intercambio de criterios sobre la situación social o política, ni una referencia a la preocupante actualidad en ámbitos diversos.

No digo yo que el solaz de una taza de café, sea momento adecuado para debatir sesudamente sobre Gramsci o acerca de la flamante y sospechosa socialdemocracia de Marx y Engels, pero... aquella pijería terminó por repugnarme.
Tan engreída y altanera, tan pedante y jactanciosa, tan pagada de su temeraria arrogancia.

Entonces, me vino a la memoria la anécdota que, en cierta ocasión, leí u oí, ahora no recuerdo dónde.
Una tarde del aciago verano de 1936,  ajenos al apocalipsis que amenazaba sus prerrogativas, los veraneantes apuraban sus granizados, contemplando la placidez del mar, en una localidad chic de sesteo estival.
Al amanecer del 20 de julio, muchos de ellos, yacían acribillados en la tapia del cementerio.
No es mi intención dramatizar, ni hay parangón entre ambas épocas.
Valga el paralelismo exclusivamente, para denunciar la catastrófica catarsis desencadenada al dar la espalda a la realidad, a pie de calle, que a todos nos afecta, remembranza de las consecuencias que trae la insolidaridad y el engreído egoísmo burgués. 

Porque no concibo ese encogerse de hombros ante el deber ineludible de ser responsable, cuando, además, la Historia nos alerta de que la pijería acaba siempre, a causa de su trivialidad insensible, por tropezar dos veces en la misma piedra.