Hace muchos años, por mi alocada mala cabeza y espíritu temerario, cometí la imprudencia de visitar Port Aventura.
Todavía muy próxima la fecha de su inauguración, el parque ofrecía a los incautos que nos dejábamos caer por sus instalaciones, su atracción estrella: el Dragón Khan.
Como ya sabréis, por amarga experiencia tal vez, se trata de una versión sofisticada y técnicamente puntera, de la tradicional montaña rusa.
Bien, en puridad, es un auténtico instrumento de tortura, que te somete a imposibles jeribeques aéreos, volteretas, caídas en picado, vertiginosas remontadas, que te inducen a creer en la posibilidad de alcanzar las nubes con las manos. Algodón en rama en todo lo alto, que se desvanece bruscamente, cuando un súbito viraje vertical del diabólico amasijo de herrumbre, amenaza estrellarte contra el suelo.
Una locura.
Metafóricamente, así es la vida.
Una suerte de ruleta rusa, la bala eres tu misma, en el disparadero de un destino caprichoso, arbitrario, incierto, ¡peligrosísimo!
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| J.V. |
Los rara avis son aquellos, que haberlos, haylos, en la frondosa viña del Señor, que vienen al mundo a vegetar plácidamente, durante sus luengas existencias babeantes y soporíferas, de centenario hastío.
Aunque en no pocas ocasiones, me han dado auténtica envidia. Pelusa pringosa y rastrera, por comparación a los vaivenes, sobresaltos, sustos, alarmas, turbaciones, accidentes e incidentes, chascos, pasmos, perplejidades, sorpresas y conmociones, que me ha deparado el azar.
Yo a los palacios subí, yo a las cabañas bajé...declama Don Juan Tenorio...Pues ¡voto a bríos! que puedo decir lo mismo.
He transitado, sin siquiera una piadosa pausa que me permitiera respirar, del gozo al desconsuelo, del acerbo dolor a una felicidad esclatante.
He apurado el cáliz hasta las heces, pero también, he gustado las mieles de instantes de clímax placentero.
Ahora, tengo una ilusión enorme, infinita.
De momento, es una esperanza minúscula que apenas pesa cien gramos y descansa en su regazo biológico, acurrucada en un pliegue endometrial, protegida por la acogedora calidez del útero de su mamá.
Cuando nazca, arrullarla será una de las mayores alegrías de mi vida. La más grande, quizás.
¡En otoño, voy a ser abuela!
Desde luego, afirmo con rotundidad jubilosa y exultante, lo mejor de la vida, es la vida misma.

