Ni viva, ni muerta, sino todo lo contrario...

Ni viva, ni muerta, sino todo lo contrario...
Jack Vettriano

Jack Vettriano

lunes, 27 de junio de 2016

El amante inesperado


J.V 

Ella nunca se mostró celosa. Por el contrario, a lo largo de su matrimonio, personificó a una mujer siempre confiada en quien creía un hombre íntegro.
Escuchaba, condescendiente, algunos relatos humillantes que narraban, llorosas, ciertas amigas y una ingenua sensación de superioridad la embargaba, persuadida de no encontrarse jamás, embaucada por tamaña vileza.
A ella, eso, no podía pasarle. Cierto que su esposo era frío, muy poco proclive, desde su evanescente noviazgo, difuminado por las brumas del tiempo, a expansiones de ternura, tampoco apasionado en exceso, ni en la intimidad más secreta y discreta, que habría de quedar únicamente en la memoria privada de ambos.

Tan circunspecto, gran rezador a semejanza del Don Guido de Machado, en absoluto dio pie a la menor duda sobre su rocosa honestidad.

Por eso, ella, al leer aquellos wasaps encendidos, ajenos te quiero que inflamaban la pantalla del móvil, sintió un navajazo mortal en la yugular que la desangró en segundos, desparramando a borbotones su patética seguridad.
Todo se manchó de púrpura: la vista nublada, el corazón detenido, los huesos quebrados con el súbito dolor de la fractura, que provocó aquella felonía.
Durante las noches de vigilia que siguieron al colapso, se reconfortaba pergeñando sofisticadas venganzas, consciente de carecer del coraje para culminarlas, urdió planes fantasmagóricos, derramó lágrimas negras de odio y rabia.

Finalmente, investigó obsesiva la identidad de su rival.
Revolvió, temblorosa pero firmemente decidida, cartas y documentos, agendas y dietarios, hasta encontrar las pruebas que buscaba.

En esta ocasión, la consternación fue tan gélida que tiñó sus labios del azul de la cianosis.
Su descubrimiento estuvo a punto de asfixiarla.


Él tenía un amante, escribía su nombre una y mil veces, con caligrafía de escolar encandilado.
Pero el oscuro objeto de su deseo no resultó ser la colega que ella había creído, mentirosa, hipócrita y falsaria.
No, la sospechosa de tantas perfidias, también se evidenció víctima de aquel engaño cruel.
Las dos estaban burladas.
El amante del marido de una, era el marido de la otra.

Ella rememoró entonces, el hielo de sus besos, las caricias displicentes, los abrazos desganados y torpes, las manos desmayadas al contacto de su piel y comprendió.
Comprendió entretanto se juró negarle, mientras respirara, un ápice de perdón. 

sábado, 18 de junio de 2016

Un instante de imposible romance

J.V.
Nos conocemos desde mi infancia porque fue un buen amigo de mis padres, pero nuestro trato se intensificó cuando él a quién, tonta de mí, desdeñosa, consideraba un cuarentón en puertas de la decrepitud, un vejestorio que podía ser mi padre, mientras que yo, ufana y bobalicona, estrenaba el flamante papel de madre primeriza, cargando cual parte de mi integridad física, la bolsa azul celeste, cuajada de una constelación de níveas estrellitas que comenzaban a amarillear por la lejía de los innúmeros lavados, esa bolsa aborrecible repleta de pañales y biberones y toallitas húmedas y baberos pringosos, que todavía me pesa. 
Era, entonces, una atractiva jovencita vestida de repollo en los gloriosos años 80 del pasado siglo. Que se dice pronto.

Él, segun feliz, describe el bolero, lucía la estampa gallarda y decadente de "un señor, como no hay nada mejor, de los que conocieron mis abuelos".
Culto, educado y caballeroso.

Me enseñó algo de su sabiduría, muy poquito porque mi cerebro estaba obnubilado por las noches insomnes de una maternidad reincidente, me leyó sus poemas y me regaló, dedicados con cariño de mentor, cada uno de sus libros, pulidos, ortodoxos, conmovedores, cuando parecían escritos desde el palpitante corazón de un muchacho enamorado.

Luego, la vida, de infantil crueldad inconsciente, que juega con esas cabriolas del tiempo y el espacio, dividió nuestros caminos.
Mi existencia prosiguió mucho más azarosa que la suya, que discurrió en la tediosa seguridad de una inmutable rutina que le ha conservado, sin cambios sobrecogedores hasta nuestros días.
Le encontré, le reencontré, hace muy poco y conversamos de cicatrices que siguen doliendo cuando llueve, pero también de trivialidades más risueñas.

Al despedirnos, yo algo quejumbrosa, que es una deleznable costumbre adquirida últimamente, él, siempre tan galante como ciego, sordo y mudo, por fortuna, me piropeó con exquisita cortesía decimonónica Hija, tú estarás guapa hasta amortajada...
Como por ensalmo, se me olvidaron mis tropecientos años y quinientas noches, se esfumaron todos mis lances menopáusicos, mi osteoporosis galopante que ya se me ha cobrado dos fisuras de costillas y esa amargura que una, maquilla de cinismo con pinceladas de crema base sarcástica y durante un mero instante fugaz, que quizás no existió y es solo una licencia literaria, mi sonrisa volvió a tener 17 años...y quinientas noches.

jueves, 16 de junio de 2016

...hasta el fin del amor

Ahora, tras un par de siglos reflexionando, creo aceptarlo, creo quererlo, creo, incluso, esperarlo anhelante.

J.V.

Como he de morir, ya que así es, así será, que sea por tus manos o en las manos tuyas.
Que sea bailando el vals de la vida, hasta que al amortiguarse el bullicio de la música, se apaguen las luces y vengan a buscarme.
Me recogerá la muerte que es como una madre solícita, que te lleva a casa cuando se hace tarde.
Morir cautiva entre tus labios y tus brazos, entre la agonía y el gozo de los labios frescos y los fuertes brazos que me conquistaron, que me sometieron, que me aprisionaron, hecha de tu carne.
Que me condenaron a esta muerte lenta, a esta generosa muerte mía, muerte también tuya, mi vida, porque cuando muera, morirás conmigo.
Porque tú lo ignoras, pero muerte fértil, pues tampoco sabes, que fui yo quien al entregarte todo ¡tanto!, mi risa, mi pena, mi rabia y mi ternura, te alumbré. 
Mi niño y mi hombre.
Moriremos ambos y sellaremos el perdón, con un beso, el dolor relegado al olvido, el pesar, redimido.



jueves, 9 de junio de 2016

El discreto encanto de la pijería

¨The singing butler"
J.V.

Días atrás, desayuné en la terraza de un barrio elegante, con el charme del buen gusto y la opulencia, en plena zona alta de mi ciudad. 
Una mañana soleada que permitía sentir la promesa del color tostado, en la piel.
El favorecedor maquillaje natural que te acicala en verano, gracias a la caricia de la calidez.

Vecinas a la mesa en la que yo aprovechaba esos rayos cosméticos, aún tímidos en junio, pero que van cobrando seguridad en sí mismos, se sentaron un grupo de amigas.
Aunque entre la pléyade de defectos que arrostro, no se encuentra la afección al cotilleo y la murmuración, no pude menos que sentirme interesada por su conversación y su aspecto.
Lucían todas una engañosa naturalidad, casi un desaliño, de vaqueros, en los que la arruga es bella, vertiginosas sandalias de plataforma que hacen furor y bolsos de marca que, la verdad, envidié.
Sus atuendos las uniformaban cual desenfadada tropa que desprendía el aroma del desahogo pudiente.


Me cansé de la observación superficial, concentrando mi vergonzante curiosidad en el contenido del parloteo que mantenían animadamente.
Capté, con creciente disgusto, divagaciones de una fatua oquedad, llamativa entre personas de ese presunto nivel cultural, manidas frivolidades que hastiaban a los pocos minutos de escucharlas, cháchara banal.
Ni un intercambio de criterios sobre la situación social o política, ni una referencia a la preocupante actualidad en ámbitos diversos.

No digo yo que el solaz de una taza de café, sea momento adecuado para debatir sesudamente sobre Gramsci o acerca de la flamante y sospechosa socialdemocracia de Marx y Engels, pero... aquella pijería terminó por repugnarme.
Tan engreída y altanera, tan pedante y jactanciosa, tan pagada de su temeraria arrogancia.

Entonces, me vino a la memoria la anécdota que, en cierta ocasión, leí u oí, ahora no recuerdo dónde.
Una tarde del aciago verano de 1936,  ajenos al apocalipsis que amenazaba sus prerrogativas, los veraneantes apuraban sus granizados, contemplando la placidez del mar, en una localidad chic de sesteo estival.
Al amanecer del 20 de julio, muchos de ellos, yacían acribillados en la tapia del cementerio.
No es mi intención dramatizar, ni hay parangón entre ambas épocas.
Valga el paralelismo exclusivamente, para denunciar la catastrófica catarsis desencadenada al dar la espalda a la realidad, a pie de calle, que a todos nos afecta, remembranza de las consecuencias que trae la insolidaridad y el engreído egoísmo burgués. 

Porque no concibo ese encogerse de hombros ante el deber ineludible de ser responsable, cuando, además, la Historia nos alerta de que la pijería acaba siempre, a causa de su trivialidad insensible, por tropezar dos veces en la misma piedra.

miércoles, 8 de junio de 2016

"Al Cielo, por asalto"

El Cielo se toma por asalto

J.V.

Esta consigna, parafraseando el título de un libro del escritor Agustín Ramos, como un simple eslogan afortunado de campaña, fue pronunciada por boca de un político enardecido, henchido de demagogia. Me dolió hondo aquella manipulación torticera, con burda finalidad partidista, de algo a lo que, en un tiempo ya lejano, yo aspiraba con todas mis fuerzas.  
Llegada mi hora, ir al Cielo, pero para ver, frente a frente, el rostro de Cristo, la cara más amable de Dios, que Él clavara la intensidad de su mirada en mis ojos dolientes, que me recibiera como hija y como hermana.

Creía en Cristo que, roto en llanto, resucita a su mejor amigo Lázaro, para recuperar el gozo de su compañía, creía en Cristo que devuelve la vida a la niña de Jairo, porque no tolera ver sufrir a un padre amante, que perdona a las rameras y a las pecadoras, como yo, que multiplica panes y peces, para desterrar el hambre de la tierra, que camina sobre las aguas, para aumentar la fe de los que somos incrédulos.

En Cristo, a quién aquellos discípulos de Emaús, le ruegan Quédate con nosotros, porque su cercanía es la más grata y consoladora del mundo, en Cristo que promete el paraíso al Buen Ladrón, porque hace un acto de fe en el Dios clavado en la Cruz, el Dios más improbable.

En Cristo, que en Getsemaní vierte lágrimas de miedo, que son sangre viva y suplica porque, como cualquier otro hombre, teme el amargo trago del dolor Aparta de mí, este cáliz

En Cristo que redime y que salva a los que tienen hambre y sed de justicia y proclama bienaventurada a la buena gente, los limpios de corazón.

En Cristo, que devuelve la salud o la vista al ciego de Jericó porque se lo pide, se lo exige, a voces retadoras, en la convicción de que si Cristo accede, podrá contemplar, cara a cara, al mismo Dios.

Por eso, en aquel tiempo, clamaba yo también ¡Señor, que vea! con temor a perderme, como así fue, en una oscuridad sórdida donde, desgraciadamente, me instalé.

Me dolió, sí, porque en mi pequeñez tan miserable, hay una cosa muy grande que sé cierta: el Cielo no se toma por asalto, el Cielo se toma por Amor.

martes, 7 de junio de 2016

La mala madre

"Portrait in black and pearl"
J.V.
Sus manos descarnadas , profusamente tatuadas de manchas, muestran la huella de tantos años de duro trabajo, vestigios de cuando manejaban hábiles, la aguja de costura, enhebrando la blonda barata de su humilde traje de novia, a la luz, mortecina y temblona, de un candil de posguerra; delatan su edad provecta.
Aunque es muy vieja, no ha olvidado su boda allá en el pueblo. 
Recuerda la parca ceremonia, el convite, pobre, ajustándose a la austeridad racionada de aquella época de penurias.
Fue un matrimonio más rutinario que enamorado, pues la convirtió en una esposa abnegada destilando no obstante, la amargura negra y viscosa de la pez.
La frustración por un marido desdeñoso que la necesitaba solo como sostén incansable de ingratas tareas, que les permitieran medrar en aquel tiempo miserable, se mitigó con la llegada de un hijo.

Su constancia tozuda y esforzada, logró el favor de la fortuna y pudieron, con la práctica tenaz de un ahorro tan severo que rayaba la mezquindad, disfrutar de una posición social mucho más cómoda y desahogada.

Ella vertió sobre el pequeño, el caudal de un amor morboso, que no consideró necesario prodigar a su cónyuge.
Para su hijo todo era poco.

Lo crió, sin embargo, enseñándole a contenerse sentimentalmente, con una disciplina cuartelaria en los afectos.
Le quería a su manera, adusta, absorbente, ferozmente egoísta, sin demostraciones de ternura. Con una forma pervertida de darle, ora, palo, ora, zanahoria. 
Para que aprendiera - pontificaba ufana - la aspereza de la vida, que a ella tanto la había incentivado.
Le procuró, eso sí, estudios universitarios, una Carrera de primera y lo mantuvo aferrado a sus faldas, hasta la treintena.

Él estaba siempre a su servicio, presto a pagarle sus desvelos que ella se afanaba en mantener bien presentes... Hijo, ¡cuánto he hecho por ti!, hijo, ¡cómo me he sacrificado por tu culpa!

Pero, bajó la guardia y una injusta tragedia inesperada, cayó sobre su cabeza.
En un descuido, se encontró con la presencia sorpresiva de una nuera que avivó en ella, un odio reconcentrado y aderezado por el rencor más imperecedero.
Desplegó, entonces, una estrategia defensiva de guerrillas que a aquella jovencita, dejó inerme e indefensa.
Recuperó a su hijo con todas las argucias y estratagemas a su alcance: se fingió enferma intempestivamente, lloraba, chantajeaba, amenazaba...

Y su hijo, se arrodilló, al fin, de nuevo, sumiso ante ella, arrepentido de su traición, corroído por la mala conciencia que la mala madre supo sembrar en forma de cizaña emocional.

Ahora, nonagenaria irredenta, yace en cama y con sonrisa siniestra, cavila que no tiene la menor intención de morirse.
Al menos, no antes de que, exhausta, humillada, derrotada en su lucha por convivir con aquel niño grande de mamá, la que fallezca primero, sea su nuera.

lunes, 6 de junio de 2016

De un desamor cualquiera...

Ella se levanta pasadas las once de la mañana. Ha entreabierto un ojo legañoso, latiendo en sus sienes el palpitante dolor, ya familiar, de la resaca.
Anoche, se tomó un somnífero tan potente que pasará bajo sus efectos 24 horas, durante las cuales deambula, mareada, confusa, flotando sobre la ignominia de su realidad, en una nebulosa paliativa.

J.V.
Al mirarse en el espejo del baño, los párpados hinchados del llanto de la víspera, las bolsas que dan fe de tantos años de mentiras, contrastan con la reminiscencia de aquella muchacha crédula e ingenua.
Aún lleva puesto un camisón pueril, color de rosa, sembrado de flores diminutas.
Pero es una mujer a quien la edad ha ido declinando aquel hechizo lozano, el oscuro fulgor en la tonalidad de la mirada, la figura juncal que acusa su fatal compulsión hacia el chocolate.

Aunque por él, por retenerlo a su lado, se cuida con ahínco, se aplica carísimas cremas, bálsamos estériles de Fierabrás, corre, como alma que lleva el diablo, kilómetros de asfalto, en una huída hacia adelante para salvaguardar la armonía de sus curvas.

Porque ella le quiere con una irracional intensidad enfermiza, que la induce a pasar por alto viejas e inicuas conocidas: sus mentiras, sus infidelidades, embrollos mezquinos que ella finge no ver, no oir, no oler la pestilencia más rastrera, que es la deslealtad.

La maltrata con ahínco en un perverso juego.
Como en todo juego de azar, la banca - él - siempre gana.
Ella ha perdido sobre el tapete verde de su abyecta ruleta vital, la dignidad, la autoestima y el tiempo, lo más valioso.
Más de treinta años en los que él ha sido socialmente laureado, mientras ella pagaba el precio de aquellos éxitos, empequeñeciéndose, cada día más sola, más olvidada, más ignorada.
Más engañada y sin embargo, más lúcida acerca de los ruines motivos por los que él la escogió -tras un frío y depravado casting - para casarse.
La posición de su familia, sus relaciones, su tierna juventud manipulable, su belleza que podía lucirse como un trofeo de caza.

Ella no ha contado jamás a nadie esas cuitas conyugales.
Teme que ni amigas, ni familiares, puedan liberarla de un carcelero que goza del beneplácito unánime de un entorno bobalicón y frívolo que la condenaría al ostracismo, aunque su inapelable sentencia de muerte, previa perpetua reclusión doméstica, la ha dictado ella misma.

Mantener el delirio de quererle, esperando, contra toda esperanza, una caricia espontánea, prolongar sine die la agonía o reflexionar, absorta, sobre esas pildoras somníferas tan potentes, que la dormirían para soñar eternamente.

domingo, 5 de junio de 2016

Los años espléndidos

J.V.
Por desgracia, una memoria sabiamente selectiva y el discurrir de la vida que atropella con sus alocadas prisas a los recuerdos, enviándolos, maltrechos por las heridas infringidas, a la UCI que el cerebro, previsor, instala en un recoveco; tienden a desvanecer aquellos años gloriosos, entre la bruma de la anestesia que mitiga el dolor.
El dolor lacerante de la pérdida de los que se han ido, llevándose con ellos el inmenso amor que nos dedicaron. 

Asimismo, se difumina el tiempo luminoso, tiempo de sol ardiente y cielo más celeste aun que azul, cuando mirábamos, con pupilas ilusionadas, al futuro que nos prometía la esperanza, el corazón palpitante de optimismo frente a la lucha que, por encarnizada que fuese, culminaría en victoria, con la certeza de vivir en un mundo que nosotros, nosotros los de entonces, haríamos mejor.

Seres superiores, de cimbreantes cinturas que bailaban ceñidas en románticos valses, por verdes avenidas que ni siquiera el eclipse ocasional de alguna nube pasajera, ensombrecía.
Radiantes días en los que nunca caía la noche, mas que para propiciar la fusión de aquel fuego, tuyo y mío, que ni la misma noche, extinguía.

Estaban aquellos años, exentos de pesares invernales e incertidumbres propias del otoño umbrío.
Años de hegemonía primaveral, de flamígeros estíos para sumergir, en aguas de mil mares, nuestros cuerpos noveles que consumía la urgencia del deseo.
No solamente un hedonista impulso sexual incombustible, también la ambición grande, noble, de multiplicar nuestras fuerzas para llevar a cabo altruistas acciones, en beneficio de los demás.

Años de ávida exploración mutua y a la vez, escudriñando el horizonte.
El horizonte del éxito de nuestra supremacía.
Del triunfo de la libertad bravía, de ser, sin disimulos, con sinceridad valiente, nosotros mismos.
Tiempo de enarbolar banderas nuevas, de clamar consignas verdaderas.

Años en los que, tú y yo, mi vida, todavía creímos con fe ciega en el dogma de una existencia entera de inagotable felicidad.
Inmunes al fracaso, porque el fracaso era derrotismo e infame herejía de nuestra común alegría.

Años espléndidos, en la magnificencia de aquel para siempre que, contra viento y marea, seguimos defendiendo desde la prosaica trinchera del ahora y que será preludio de un pletórico mañana.

viernes, 3 de junio de 2016

Morir para ser inmortal

El 1 de junio, Marilyn Monroe, habría cumplido 90 años.


Tendríamos entre nosotros a una anciana señora, decrépita, incontinente y a causa de una precaria prótesis de cadera, aspirando al dudoso honor de ocupar el trono de una silla de ruedas.
Con una piadosa aunque improbable indulgencia, hubiera salido airosa de la vejez, universalmente  devastadora, preservando un mero vestigio en la mirada, de sexualidad oblicua, apenas perceptible tras las gruesas gafas de rigor.

La dentadura postiza, distorsionaría su rutilante sonrisa, en una mueca rígida, muy lejos de aquellos labios carnosos que soñaron rozar los elegidos.
¡Tantos fueron los llamados... poquísimos, los elegidos!

Las dos gotas de Chanel número 5, único adminículo que utilizaba para dormir entre sábanas de satén, a modo del más etéreo y vaporoso camisón, habría sido sustituido por una informe y sufrida bata de franela, en aras de un socorrido exorcismo, para ahuyentar la ronda del letal fantasma de la neumonía.

No quedaría de Marilyn, el resplandor de su aura dorada, su brillo de piel de terciopelo como el melocotón, su estela de erotismo entre la llamada de la selva ancestral y el glamour de la jungla del asfalto hollywoodense.

El encanto de su voz esculpida en la sensualidad, a base de sorbos de Dom Perignon, sonaría tenue e inaudible y sus mejores amigos, los diamantes, le habrían vuelto la espalda, abandonados en el Monte de Piedad, para sufragarse los gastos de una residencia geriátrica, discreta y medianamente decente.

Quizás, la implacable demencia senil hubiera difuminado hasta la nada, pulverizando lo mejor de la memoria, su frenética pasión correspondida por DiMaggio u olvidando también, a aquel pigmalión que la destruyó con su insultante superioridad erudita, que fue Arthur Miller.

Marilyn, afortunadamente, murió joven. 
Y como escasos privilegiados, gracias a la muerte, es eternamente su propio recuerdo deslumbrante.

La seducción del estallido de su risa, los pómulos tersos y el pelo platino, sugerente marco para lo voluptuoso de su rostro y de su cuerpo, son inmutables.
Su belleza es secular y nada podrá mancillarla o menguarla, un ápice.

Solo la mujer murió, porque Marilyn, el mito, la estrella, sus torneadas piernas contoneándose, insinuantes, a través de la alfombra roja, entró por la puerta grande al firmamento de la inmortalidad.