Ni viva, ni muerta, sino todo lo contrario...

Ni viva, ni muerta, sino todo lo contrario...
Jack Vettriano

Jack Vettriano

sábado, 18 de junio de 2016

Un instante de imposible romance

J.V.
Nos conocemos desde mi infancia porque fue un buen amigo de mis padres, pero nuestro trato se intensificó cuando él a quién, tonta de mí, desdeñosa, consideraba un cuarentón en puertas de la decrepitud, un vejestorio que podía ser mi padre, mientras que yo, ufana y bobalicona, estrenaba el flamante papel de madre primeriza, cargando cual parte de mi integridad física, la bolsa azul celeste, cuajada de una constelación de níveas estrellitas que comenzaban a amarillear por la lejía de los innúmeros lavados, esa bolsa aborrecible repleta de pañales y biberones y toallitas húmedas y baberos pringosos, que todavía me pesa. 
Era, entonces, una atractiva jovencita vestida de repollo en los gloriosos años 80 del pasado siglo. Que se dice pronto.

Él, segun feliz, describe el bolero, lucía la estampa gallarda y decadente de "un señor, como no hay nada mejor, de los que conocieron mis abuelos".
Culto, educado y caballeroso.

Me enseñó algo de su sabiduría, muy poquito porque mi cerebro estaba obnubilado por las noches insomnes de una maternidad reincidente, me leyó sus poemas y me regaló, dedicados con cariño de mentor, cada uno de sus libros, pulidos, ortodoxos, conmovedores, cuando parecían escritos desde el palpitante corazón de un muchacho enamorado.

Luego, la vida, de infantil crueldad inconsciente, que juega con esas cabriolas del tiempo y el espacio, dividió nuestros caminos.
Mi existencia prosiguió mucho más azarosa que la suya, que discurrió en la tediosa seguridad de una inmutable rutina que le ha conservado, sin cambios sobrecogedores hasta nuestros días.
Le encontré, le reencontré, hace muy poco y conversamos de cicatrices que siguen doliendo cuando llueve, pero también de trivialidades más risueñas.

Al despedirnos, yo algo quejumbrosa, que es una deleznable costumbre adquirida últimamente, él, siempre tan galante como ciego, sordo y mudo, por fortuna, me piropeó con exquisita cortesía decimonónica Hija, tú estarás guapa hasta amortajada...
Como por ensalmo, se me olvidaron mis tropecientos años y quinientas noches, se esfumaron todos mis lances menopáusicos, mi osteoporosis galopante que ya se me ha cobrado dos fisuras de costillas y esa amargura que una, maquilla de cinismo con pinceladas de crema base sarcástica y durante un mero instante fugaz, que quizás no existió y es solo una licencia literaria, mi sonrisa volvió a tener 17 años...y quinientas noches.