De un tiempo a esta parte, siento el corazón en un puño, devastado por una tristeza sorda y punzante, que no es el sentimiento que generan los anticuerpos espirituales defensivos, para hacer frente a una pérdida muy querida, un revés familiar o una decepción en el ámbito íntimo. No, no. Es una honda angustia nunca antes padecida, un batiburrillo emocional entre la pena, la impotencia y el miedo al porvenir.
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| J.V. (Yesterday dreams) |
Una amenazadora profecía que se respira en esa atmósfera hedionda de odio a mi alrededor, a nuestro alrededor.
Una alegoría en la que millares de buitres sobrevolaran mi país, en avanzado estado de descomposición, al acecho siniestro de devorar lo que quede de carroña.
Recorre las calles una procesión de walking dead, portando estandartes tan decrépitos, que están hechos jirones.Ensangrentados, baqueteados en batallas que su memoria no se apresta a orear. Por contra, ciertas gentes los inmolan nuevamente, infectos apósitos para restañar heridas que cerradas en falso, siguen supurando rabia.
En mi juventud, abrazamos una hermosa utopía que se dio en llamar concordia.
Hoy, son los jóvenes, ¡qué anacronismo por Dios!, no personas ancianas, ancladas en la amargura del pasado, quienes atizan el rescoldo de fratricidas agravios.
Los que reivindican cadáveres y excavan cunetas para resucitarlos sin éxito, porque la vida nunca vuelve de la muerte y luego, utilizar sus patéticos restos cual arma arrojadiza, son unos imberbes que jamás conocieron el rigor de la dictadura, ni tampoco el alba de la libertad, hoy maltrecha.
Una generación que debería mirar al horizonte del futuro, se agazapa en trincheras, tiempo atrás desmanteladas por el armisticio constitucional.
Desde todos los rincones del castillo patrio, resuena un ulular de fantasmas y espectros, que conviene dejar descansando en paz.
Se levantan barricadas en la defensa doctrinaria de divisas que el mundo occidental, se conjuró para que durmieran, no el sueño de los justos, sino la eterna pesadilla con la que pretendieron condenar a la Humanidad.
Se corean y proclaman, esgrimiendo la más dolosa ignorancia, consignas que hace decenios, cumplieron una inexorable fecha de caducidad.
Se espolea la venganza y el rencor renacido consume espíritus innobles.
Mi tristeza es la insoportable sensación de derrota moral, en el empeño de una convivencia en paz.
Un dejà vu histórico, estremecedor.
