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| "Portrait in black and pearl" J.V. |
Sus manos descarnadas , profusamente tatuadas de manchas, muestran la huella de tantos años de duro trabajo, vestigios de cuando manejaban hábiles, la aguja de costura, enhebrando la blonda barata de su humilde traje de novia, a la luz, mortecina y temblona, de un candil de posguerra; delatan su edad provecta.
Aunque es muy vieja, no ha olvidado su boda allá en el pueblo.
Recuerda la parca ceremonia, el convite, pobre, ajustándose a la austeridad racionada de aquella época de penurias.
Fue un matrimonio más rutinario que enamorado, pues la convirtió en una esposa abnegada destilando no obstante, la amargura negra y viscosa de la pez.
La frustración por un marido desdeñoso que la necesitaba solo como sostén incansable de ingratas tareas, que les permitieran medrar en aquel tiempo miserable, se mitigó con la llegada de un hijo.
Su constancia tozuda y esforzada, logró el favor de la fortuna y pudieron, con la práctica tenaz de un ahorro tan severo que rayaba la mezquindad, disfrutar de una posición social mucho más cómoda y desahogada.
Ella vertió sobre el pequeño, el caudal de un amor morboso, que no consideró necesario prodigar a su cónyuge.
Para su hijo todo era poco.
Lo crió, sin embargo, enseñándole a contenerse sentimentalmente, con una disciplina cuartelaria en los afectos.
Le quería a su manera, adusta, absorbente, ferozmente egoísta, sin demostraciones de ternura. Con una forma pervertida de darle, ora, palo, ora, zanahoria.
Para que aprendiera - pontificaba ufana - la aspereza de la vida, que a ella tanto la había incentivado.
Le procuró, eso sí, estudios universitarios, una Carrera de primera y lo mantuvo aferrado a sus faldas, hasta la treintena.
Él estaba siempre a su servicio, presto a pagarle sus desvelos que ella se afanaba en mantener bien presentes... Hijo, ¡cuánto he hecho por ti!, hijo, ¡cómo me he sacrificado por tu culpa!
Pero, bajó la guardia y una injusta tragedia inesperada, cayó sobre su cabeza.
En un descuido, se encontró con la presencia sorpresiva de una nuera que avivó en ella, un odio reconcentrado y aderezado por el rencor más imperecedero.
Desplegó, entonces, una estrategia defensiva de guerrillas que a aquella jovencita, dejó inerme e indefensa.
Recuperó a su hijo con todas las argucias y estratagemas a su alcance: se fingió enferma intempestivamente, lloraba, chantajeaba, amenazaba...
Y su hijo, se arrodilló, al fin, de nuevo, sumiso ante ella, arrepentido de su traición, corroído por la mala conciencia que la mala madre supo sembrar en forma de cizaña emocional.
Ahora, nonagenaria irredenta, yace en cama y con sonrisa siniestra, cavila que no tiene la menor intención de morirse.
Al menos, no antes de que, exhausta, humillada, derrotada en su lucha por convivir con aquel niño grande de mamá, la que fallezca primero, sea su nuera.
