Fue una tarde de sábado impregnada de una nostalgia alegre. Gente joven contemplando con ojos de asombro zumbón, viejos, cada día más viejos y acartonados, álbumes de fotos que amarillean.
Una novia coquetona que parece una muñeca. Aquella abuela que se ha difuminado fatalmente en lontananza. Mi padre, en la actualidad, ausente en la bruma de su edad provecta, en la que se pone el sol y sus neuronas padecen ya la oscuridad progresiva del ocaso.
En mi memoria enardecida, se iluminan flashes fulgurantes: unas frenéticas cosquillas a un bebé que carcajea, una sonrisa comedida y sugerente cuando se inició aquel romance adolescente, la desesperación embridada a duras penas, ante la pérdida de quién quise tanto.
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| J.V. |
La gran distancia en el tiempo tiende, benévola, a magnificar el instante, a santificar cada recuerdo, a embellecer aquello que sería ingrato.
El pasado es engañoso, la añoranza, tan sensiblera que nubla la verdad incontestable de que, mejor que permitir a la imaginación ensalzar torticeramente lo que fue, hay que gozar del privilegio de haber llegado hasta aquí.
Y celebrar, apurando el momento, el triunfo de la supervivencia, no perdernos ni un fotograma de lo que, ahora, es.
