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| J.V. |
Por desgracia, una memoria sabiamente selectiva y el discurrir de la vida que atropella con sus alocadas prisas a los recuerdos, enviándolos, maltrechos por las heridas infringidas, a la UCI que el cerebro, previsor, instala en un recoveco; tienden a desvanecer aquellos años gloriosos, entre la bruma de la anestesia que mitiga el dolor.
El dolor lacerante de la pérdida de los que se han ido, llevándose con ellos el inmenso amor que nos dedicaron.
Asimismo, se difumina el tiempo luminoso, tiempo de sol ardiente y cielo más celeste aun que azul, cuando mirábamos, con pupilas ilusionadas, al futuro que nos prometía la esperanza, el corazón palpitante de optimismo frente a la lucha que, por encarnizada que fuese, culminaría en victoria, con la certeza de vivir en un mundo que nosotros, nosotros los de entonces, haríamos mejor.
Asimismo, se difumina el tiempo luminoso, tiempo de sol ardiente y cielo más celeste aun que azul, cuando mirábamos, con pupilas ilusionadas, al futuro que nos prometía la esperanza, el corazón palpitante de optimismo frente a la lucha que, por encarnizada que fuese, culminaría en victoria, con la certeza de vivir en un mundo que nosotros, nosotros los de entonces, haríamos mejor.
Seres superiores, de cimbreantes cinturas que bailaban ceñidas en románticos valses, por verdes avenidas que ni siquiera el eclipse ocasional de alguna nube pasajera, ensombrecía.
Radiantes días en los que nunca caía la noche, mas que para propiciar la fusión de aquel fuego, tuyo y mío, que ni la misma noche, extinguía.
Estaban aquellos años, exentos de pesares invernales e incertidumbres propias del otoño umbrío.
Años de hegemonía primaveral, de flamígeros estíos para sumergir, en aguas de mil mares, nuestros cuerpos noveles que consumía la urgencia del deseo.
No solamente un hedonista impulso sexual incombustible, también la ambición grande, noble, de multiplicar nuestras fuerzas para llevar a cabo altruistas acciones, en beneficio de los demás.
Años de ávida exploración mutua y a la vez, escudriñando el horizonte.
El horizonte del éxito de nuestra supremacía.
Del triunfo de la libertad bravía, de ser, sin disimulos, con sinceridad valiente, nosotros mismos.
Tiempo de enarbolar banderas nuevas, de clamar consignas verdaderas.
Años en los que, tú y yo, mi vida, todavía creímos con fe ciega en el dogma de una existencia entera de inagotable felicidad.
Inmunes al fracaso, porque el fracaso era derrotismo e infame herejía de nuestra común alegría.
Años espléndidos, en la magnificencia de aquel para siempre que, contra viento y marea, seguimos defendiendo desde la prosaica trinchera del ahora y que será preludio de un pletórico mañana.

Pues sí, querida amiga...Por algo se dice aquello de juventud, divino tesoro...
ResponderEliminarPero cómo cambia la vida a medida que maduramos y tenemos responsabilidades, si bien, quien tuvo, retuvo. Quien de joven fue revolucionario e idealista, luego conserva cierta rebeldía vital por mucho que la vida nos imponga obligaciones y deberes.
Lo bonito e ideal es compartir ése devenir y ésa evolución , hacerlo paralelamente pero también conservar los dos el mismo espíritu. Eso también es amor..
Un beso enorme, querida.
Qué hermosa reflexión...qué bien interpretas y glosas lo que, como puedo, trato de transmitir...nunca me defraudas...
ResponderEliminarUn muy fuerte abrazo
Me siento cómoda en la madurez. La realidad con sus múltiples facetas, es mucho más interesante que los ideales que se prometían en aquellos días de la primera libertad.
ResponderEliminarPero sin esos sueños, el ahora sería aburrido y plano. Creo que es el mejor momento para seguir luchando/soñando, porque ahora conozco palmo a palmo el suelo, y eso es un privilegio.
Oxímoron
¡Qué suerte Oxímoron, ojalá yo lo tuviera tan claro!
ResponderEliminarHe cometido tantos errores que, muchas veces, volvería atrás, feliz, para poder rectificarlos.
Un besote y ¡muchísimas gracias por tu serenidad contagiosa!